martes, 25 de junio de 2013

Mi consuelo

El viento de playa, calentito. Tus pestañas. Las letras. Ver aguado. Los milagros. Que laves los platos. Mr. Vértigo. El caramelo en tu bolsillo. Ése premio. Tu recuerdo. Cualquier chocolate. Los descubrimientos propios. La foto en la que apoyaba mis pies en tus hombros y formábamos una hamaca paraguaya en la pileta pelopincho pero dura en el patio de casa. Extrañarte. Mi abuela. El heavy metal. Hacerme la cínica. Hacerme la violenta. Todos los animales, pero uno en particular. El vestido que me regalaste para navidad hace unos años. El llavero que me trajiste de Canadá y lo regalé a alguien que no conozco, por el placer de no verlo más. Las calles con piedras que hacen ruido cuando caminas. Las amistades lejanas. Los libros que me recomendas. Los abrazos giratorios. Sus te quierooooos, chicas. Tu violencia. La risa espontánea del chiste de domingo de sobremesa. El budín de pan de Liliana Madoni. Nuestros sueños.



Tus besos. Los que me das con compromiso.




Si extrañar nunca tuvo dimensiones, para lo que yo te extraño no alcanza el no haber medidas. No tengo con quién hablar de historia, o quién critique a este gobierno con razón y locura a la vez. ¿Cón quién comentar un libro nuevo, una película de acción o terror, o el último tema de la mejor electrónica y que lo desarme hasta no dejar ni polvo?




No hay quien me diga que el día antes de rendir no se estudia, ni nadie que me vaya a buscar a la estación sin que lo insulten diez en cinco cuadras y en veinte idiomas diferentes. No hay quien me haga carteles cuando vuelvo de un viaje, ni me deje la heladera llena y el perro gordo. No hay más el tabú de verte llorar. 




Deberían permitirnos a los vivos dar una vez en la vida un abrazo a un muerto. 




¿Con quién llenar la mesa del fondo de figuritas, y entender días, meses, años, décadas después que sólo ese día viví el momento?




Me gustaría morir por diez minutos, y abrazarte, sin hablar, durante todos ellos. 


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