Tengo una amiga, a la que no veo nunca, pero puedo leerla.
Desde que la conozco que tiene un aura de personaje de película camaleónico, porque le pasaron cosas que solamente pasan en Hollywood. Le pasan cosas que solamente pueden pasar en un teatro o en un buen libro. Porque, aparte, las cuenta como gran oradora que es, y parece el péndulo que va y viene, hipnotizándote.
La empujo siempre a que vaya por lo que ella más quiere, que para mí ya lo es hace rato: ser escritora. Se raspa cada vez que alguien le pasa el borratintas por sus deseos, y yo sería su manager más violento. Se preocupa por su preparación, sólo le importa aplicar lo que sabe, que es mucho, pero para ella no es demasiado. Y por eso siempre va por más, más, más. Tanto, que los muebles de su habitación están hechos con pilas de libros.
Tengo una amiga, a la que no veo nunca, pero es mi Borges y la llevo siempre en el libro de bolsillo. Es un escuerzo de diminutez, delgada desnutrida pero sana, alta lo necesario, un desorden puesto encima con patitas de jirafa. No esperen que se acuerde de vos, no pretendo eso nunca de ella porque sé todo lo que tiene en la cabeza. Es tan linda la sensación que me recorre cuando la llamo y me atiende, y siempre está con una sonrisa en la espalda. En ella todo es felicidad, camina con felicidad, estudia con felicidad, come con felicidad, te habla con felicidad, la transmite. Para mejor, y abandonando todo subjetivismo, es un as de la oración. Es incomprensible y a la vez justa.
Tengo una amiga, a la que no veo nunca, pero puedo leerla. Puedo leerla porque escribe. Nos acercan las letras de nuestro abecedario cuando alguien se desnuda así.
Suscribite a la escritura.
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