Me late el párpado inferior.
Anoche soñé con vos. Soñé que se resolvían mis
problemas con vos, que, como no puede ser de otra manera en mi vida, siempre
dependió de otros. Soñé que reunidas todas, se sacaba de una cartera grande de
alguna, no recuerdo de quién, el nudo tabú que armaste hace casi un año. Un nudo
que, creo, un par no conocía; y que otras sabían bien cómo se había enredado.
“Tendríamos que resolver este problema”
solicitaba una. Yo, muda. Y mi silencio en este caso no decía más nada, porque
ya sentía – siento – que no tengo nada que decir. Ante el pedido, el aire nos
calló a todas. Una valiente aventuró en un murmullo unas palabras que nadie escuchaba
bien, porque estábamos escuchando a nuestras voces interiores.
Como era un sueño, el tiempo no se midió, y me
encontré como si fuera muchos minutos después, sentada en la misma silla, en la
misma mesa redonda, en ese ambiente claro y gris, y en el medio de una discusión
bien caliente, aunque el frío nos abrazaba. Mis dos tenores principales cantaban
por mí, como si hubieran estudiado abogacía me defendían, como si fueran boxeadoras,
luchaban, como si fueran desnutridas, devoraban. Del resto no me acuerdo bien, estoy
segura de haber visto a una o dos arrugar la frente para expresar descontento,
pero sin decir muchas palabras. Una sexta mujer con su callar me apoyaba.
Era un sueño - ¡cómo no me di cuenta! – en el
doble sentido de la palabra, en el onírico, y en el del deseo. Todo se resolvía
como mi anhelo lo esperaba, sentado pero moviendo el pie sincrónico y con
nerviosismo. Ya no había argumentos. Había ganado.
Y después nos quedamos solas.
Aparecimos gracias a esos efectos especiales de
los sueños en el medio de un campo, creo que europeo por las fotos que he
visto de ese continente, y caminábamos o andábamos en bicicleta. Al principio
ella no negociaba, quería que la reconstrucción de la relación fuera 50-50. Yo,
intransigente, como con pocos hechos de mi vida. Con unos segundos de charla, que sólo fueron segundos porque
era un sueño, pero parecieron horas, cedía todo, prometía actuar sola, sabiendo
que no sería fácil, que el dolor se había convertido en la marea contra la cual
ella tendría que remar. Lo sabía, y yo lo sabía.
Y ahí entendí que nada iba a cambiar.
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