miércoles, 19 de junio de 2013

Un viaje al santuario

En la tarima de cemento húmedo y con arrugas de los años esperamos, como si fuera una plaza pública de otras eras, esperando al verdugo. Si bien el viento es helado, hay calor y susurro constante. Pero nadie habla en esa plataforma, a nadie le gusta estar ahí. Lo vemos llegar a lo lejos, caminando constante, sin ruido, y se hace cada vez más grande hasta frenar ante nosotros. Traspaso el hueco rancio que separa la seguridad que esa plataforma raramente inspira de la clara certeza de la “aventura” que me espera. El aire comprimido entre las paredes de chapa pintada y un par de vidrios aleatorios me ciñe con apuro, empujado por el resto de las personas que se convierten en cariñosos amigos, o en metáforas de abrazos que nunca quisieron dar. Entrar me cuesta enviones y tener el hombro y brazo derecho muy desarrollados, a pesar de que es sábado y los fines de semana se mueve menos gente. Al menos, eso dicen.
Todavía no me habitúo al silencio del deslice inusualmente vaporoso que ahora tiene el tren Sarmiento. Pienso que en vez de electricidad lo guían imanes, y allá vamos los valientes, como flotando en el vagón en el oscilar del pavor y del tengo que llegar. Sin embargo, el aire queda estático, y el andar de la formación me obliga a olores de otras experiencias.
Cuando empieza el viaje, la mayoría nos pasamos a modo zen, y nadie mira otra cosa que un punto fijo en la chapa, seguramente sin pintura, o seguramente tapada con alguna propaganda política, o sino un punto fijo en el vidrio, que se sucede como caleidoscopio, pero con colores menos brillantes y mucho más tristes. Cada parada se siente como esa ola que no esperabas pero que sabías que iba a llegar, y que te revuelca, te deja sin aliento, te ahoga, te llena la nariz de sal y te hace estornudar, para ahogarte de nuevo. Es ahí cuando los olores tienen su respiro, y pueden salir y socializar con otros, que tal vez se sumen.
El viaje es siempre un aprendizaje, y cuando viajo en este tren no hago más que comprobarlo. Aprendo que hay puertas que no andan, que hay personas que no lo cuidan, a identificar a los que no están simplemente viajando y vienen a hacerse de los trabajos de los demás. Desarrollo visión láser, y me convierto en guardaespaldas de mi misma. Me declaro insana mental, me enfermo de paranoia, esquizofrenia y otros trastornos obsesivos, pero de forma estacional.
Vamos agarrados, todos, porque aunque ya no caigamos o tropecemos con el traqueteo, tenemos vergüenza anticipada de confiarnos en otro y desmayarnos, y ensuciarnos con el polvo pisado por tantas personas antes que nosotros. Los dedos, si es posible de ambas manos, se aferran con una fuerza y un desgano paradójicos, a caños helados, casi escarchados, o a plásticos mojados de otros sudores. Suena, se ve y se siente asqueroso, pero no nos damos cuenta.
En cada estación en la que dudamos si el tren va a parar o no, se sucede la inmigración y emigración masiva para las dimensiones del tren, pero en ningún caso deja de ser un territorio superpoblado. Como tal, las enfermedades, las alegrías y las tristezas se viven como epidemias, que mutan de vagón a vagón. Sin embargo, todos en el viaje nos solidarizamos en una suerte de familia moderna, muy grande y unida.
Nos acercamos al santuario obligado que es la estación de Once. Como hipnotizadas, e ignorando que exista otra cosa alrededor que no sea aire, se movilizan hacia la punta del tren cientos de personas. Se sienten apenas sus pasos en mis pies, que vibran, tal vez, con algo de temor. Salimos en silencio y con pausa del estado se ensoñación alerta que adquirimos en el viaje, y los observamos. Nuestros teleobjetivos recorren sus ciento ochenta grados inquietos, advirtiendo el alrededor, despertando de estar despiertos. Y la gente sigue hacia adelante, lenta pero apurada, y todo porque quieren bajar más rápido. Yo solamente quiero bajar.
Los glóbulos se preparan e inician la carrera, y la velocidad con la que recorren su pista, marcando la vuelta en el corazón, acelera. Ya veo los túneles de ladrillo colorado con musgo y otros hongos en sus ranuras, veo tras ellos que se abre el cielo bien celeste, manchado apenas, testigo de dos de las cicatrices más marcadas de nuestro país: 30 de diciembre de 2004 y 22 de febrero de 2012. Veo, también, cómo el tren apunta para el andén uno, ese que a su costado tiene una pared llena de corazones con nombres, un verdadero cementerio sin tumbas ni ataúdes. Tal como empezó, la carrera en mis venas parece finalizar.
El momento del rezo, de que por favor frene, de que por favor frene, de que por favor frene. Siempre se reza tres veces, aunque debería rezarse 51. Y después, el momento del scrum iluso, en el que todos, sin saber de rugby, adoptamos posiciones y luchamos contra un equipo inexistente, pegándonos entre nosotros, para salir. No sé si todos tienen miedo, pero pareciera que sí. Y yo, definitivamente, tengo miedo.

2 comentarios:

  1. Euge, sos vos??? escribis estas cosas vos?

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  2. Sí, las escribo yo! Muchas parten de consignas de una materia en la facultad, pero muchas son puro yo jajaja.

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