De los males que hay en este mundo, hay uno en particular, que deberíamos pujar por destruir por completo, y en el que debemos hacer especial hincapié para desalentarlo, porque contribuye a la rapidez, a la astucia y a la enfermedad de la sociedad de hoy. Por eso considero de fundamental importancia instruir a las gentes y sus seres amados y odiados con tanto fervor en el arte de no ser ansioso.
Para no ser ansioso se necesita mucho más de lo que gentilmente llamamos inteligencia, diría que eso es casi esotérico y poco epistemológico. Para no ser ansioso, en primer lugar se requiere, excluyente, la capacidad de concentración. Porque la ansiedad nos desvía, nos distrae, es como una buena película que pasan por el cable un domingo a las siete de la tarde. La concentración casi con certeza es el primer paso/requisito/necesidad/capacidad obligatoria.
Para no ser ansioso, además, no estaría mal no estar solos, es decir, evitemos la soledad. La soledad nos hace pensar demasiado, y siempre, menos cuando lo precisa urgentemente, el que busca, encuentra. En nuestra caja negra guardamos lo mejor, sí, pero guardamos especialmente lo peor, y si buscamos seguramente eso sea lo primero que encontremos. Alejémonos de ese amigo de la parca, que aguarda para encontrarnos desprevenidos, por ahí la misma tarde de domingo que enganchamos a Bruce Willis peleando con algún chino o coreano mafioso. La soledad es un amante medio morboso medio obsceno medio porno de la ansiedad.
Para no ser ansioso es aconsejable que registres hábitos, ritos, costumbres, tradiciones, incluso religiones, en las que notes que tu compulsividad toma ciento cuarenta, no caracteres, sino caballos de fuerza. El ejemplo más clicheado de la historia es comerse las uñas. Las uñas no duelen, no registramos que existen hasta que las usamos para rascarnos, en el caso de las mujeres para usarlas como lienzos berretas, o para comernoslas. Las uñas, para los ansiosos, son caviar. O mejor, son una suerte de dulce de leche solidificado, concreto. Mordernos las uñas nos produce una descarga, al partirse es como si dijeramos ahs, uhs, ohs, y demás onomatopeyas. Son como un psicólogo al que podemos literalmente morder cuando algo no nos gusta. Otro ejemplo clásico, de canon, de los ansiosos, es la piernita demonio de tasmania, obviamente porque no para de moverse. Estamos tal vez en un ambiente tranquilo, y oímos, ávidos, esos pasos constantes, como un segundero aceleradísimo, contra el piso, y sentimos que la silla de al lado o de enfrente nuestro baila, frenética y sola. Y descubrimos al ansioso en la mesa. O peor: descubrimos que somos nosotros los ansiosos. Por eso es muy necesario, de prioridad nacional, que registremos estos hábitos, ritos, costumbres, tradiciones incluso religiones, que lo único que acentúan es nuestra inhabilidad de aceptar el trastorno.
Para no ser ansioso es muy necesario llevar una vida de plancton en pecera. Esto quiere decir que colaboraría a la labor de no ser ansioso el llevar una vida aburrida y rutinaria. Este tipo de personas logran esquivar con éxito rotundo las piedras, ríos y montañas que supone en la vida de uno la ansiedad. La rutina es un guardaespaldas que nos cuida de cualquier cosa, persona, hecho, lugar extraño. Y el aburrimiento nos salva de la excitación, y podemos guardar tranquilitos nuestros ojos para adentro que no hay nada que ver, nada que nos interese o importe, estamos cómodos en la calidez del anonimato y en la cárcel de la rutina.
Para no ser ansioso es importante arrancar con el proceso de inansiedad desde pequeño. Esto es altamente recomendable, porque cuantas menos cosas haya visto el mocoso, menos cosas deseará, y entonces menos cosas tendrán la capacidad de ponerlo en ese estado colérico y enfermizo de la ansiedad. Los entornos sencillos, apolíticos, agustosos, inagradables, tendrán el efecto de generar total desinterés por el entorno. Y recordemos que sin interés no hay ansiedad.
Para no ser ansioso es necesario que la emoción y la intrepidez queden para otro momento, tal vez el estado inconciente sea el más apropiado para esto. La emoción es a la ansiedad como el Pingüino a Batman, el Mojojojo a las Chicas Superpoderosas, el Tom a Jerry. La alienta, la tienta como droga mala, es el diablito que con sus poderes de seducción empuja a la ansiedad al trampolín del éxtasis. Estar alertas, sobre todo, y no escuchar a las lenguas bífidas y malintencionadas que nos dicen que así se vive mejor la vida. Es mentira, y no deberían creerles por más que aparezca la Virgen de San Nicolás, Jesús, Judas y Juan Pablo II todos juntos comiendo un asado. No les crean. Son ilusionistas y su único objetivo es que no veamos las telarañas de la ansiedad que tejen con empeño para que ahí caigamos, ilusos y completamente desprotegidos.
Para no ser ansiosos, por último, deben tener prohibido el consumo de ansiolíticos. Estos medicamentos, que contienen componentes químicos que aparentan anular la ansiedad, en verdad la potencian. Cualquier consumidor o familiar de un consumidor de ansiolíticos puede dar cuenta del aumento de su uso paulatinamente, porque el efecto de tranquilidad y paz, digno de las personas realmente no ansiosas, es un escenario desmontable cada vez con más cancha y rapidez, lo cual hace que la frecuencia de la ingesta de ansiolíticos más compulsiva y frenética, como es la ansiedad. Si usted ve una persona consumiendo ansiolíticos, y está usted en pleno proceso contra la tempestad de la ansiedad, aléjese.
Siguiendo estos amables y bienintencionados consejos, usted podrá felizmente deshacerse de esa sensación de ingratitud e inconformismo que le provoca la ansiedad. Recuerde que siempre la ansiedad está a la vuelta de la esquina, en su trabajo, en su auto, en su baño, en su cama. Debe estar alerta. Cuanto menos duerma, menos espere, menos se relacione, menos salga, menos vea y más inactivo esté mejor.
O peor.