sábado, 29 de junio de 2013

El bastago y el oso que engorda cuando hiberna

¿De qué sirven las promesas? Nadie debe saber muy bien, todos las hicimos alguna vez, y todos hemos deseado no haberlas hecho. La cuestión es que hoy hice una promesa, medio implícita pero igual cuenta, de escribir sobre algo, que se parió del clicheado "todos los días se aprende algo nuevo".
Estoy segura de que el inventor de dicho dicho no hizo una tarea sobrehumana, seguro que nadie lo aplaudió cuando lo dijo por primera vez, ni habrá escrito un libro sobre el tema, ¿qué editorial lo hubiera publicado? (Aunque hubiera estado genial un libro con un tema por página y trescientas sesenta y cinco páginas - o sesenta y seis si justo ese año fuera bisiesto - y cada día, literal, aprendes algo nuevo).
La conexión entre este "todos los días se aprende algo nuevo" y la realidad es para mí una simple coincidencia del destino. Muchos de los "grandes" pensadores (¿se les dirá grandes por lo viejos?) se la pasaron diciendo cosas que eran tan obvias, y hoy son reconocidos por ellas. Son guachiguau porque las dicen pensadores, pero si tu tía Martita en la cena de fin de año o en el cumpleaños de tu otra tía, Pocha o Gladys indistintamente, te dice "pienso luego existo" el comentario familiar hubiera sido pobre Martita, mirá que mal se puso, esta grande (como los pensadores), debe ser una enfermedad que todavía no le descubrieron, la verdad que los médicos en este país son una porquería... Y podríamos seguir porque esas conversaciones también son tan clicheadas como el "todos los días se aprende algo nuevo".
Es tan obvia esta obviedad que la pasamos desapercibida y cuando la escuchamos nos sosprendemos. Si no, hay que pensarlo a la inversa: ¿cuándo no aprendimos algo un día? Puede ser cualquier cosa, que hay dos remedios que se llaman distinto y son lo mismo, que tal librería es cara, que planchar las toallas es una actividad al pedo, qué es un bastago, o por qué los osos engordan cuando hibernan. Esas dos últimas cosas aprendí hoy (entre otras).
Y si ustedes quieren aprender qué es un bastago, o por qué los osos engordan cuando hibernan, yo no se los voy a decir. Porque cada uno aprende cosas distintas todos los días. Y por ahí no les tocaba a ustedes eso hoy. Por ahí les tocaba la revelación de que el "todos los días se aprende algo nuevo" es un mero cliché, hábito, o similar que nos deja ciegos en vez de hacer de linterna para ver mejor. Ya sé lo que están pensando, que por algo existen los clichés. Y yo pregunto, ¿quién se quedó ahí, sentadito en el cliché y en la repetición, esperando que algo pase, en la comodidad del hogar a leña y un sillón hollywoodense bien mullidito, pero todo bien gris y liso, y fue feliz?

martes, 25 de junio de 2013

Mi consuelo

El viento de playa, calentito. Tus pestañas. Las letras. Ver aguado. Los milagros. Que laves los platos. Mr. Vértigo. El caramelo en tu bolsillo. Ése premio. Tu recuerdo. Cualquier chocolate. Los descubrimientos propios. La foto en la que apoyaba mis pies en tus hombros y formábamos una hamaca paraguaya en la pileta pelopincho pero dura en el patio de casa. Extrañarte. Mi abuela. El heavy metal. Hacerme la cínica. Hacerme la violenta. Todos los animales, pero uno en particular. El vestido que me regalaste para navidad hace unos años. El llavero que me trajiste de Canadá y lo regalé a alguien que no conozco, por el placer de no verlo más. Las calles con piedras que hacen ruido cuando caminas. Las amistades lejanas. Los libros que me recomendas. Los abrazos giratorios. Sus te quierooooos, chicas. Tu violencia. La risa espontánea del chiste de domingo de sobremesa. El budín de pan de Liliana Madoni. Nuestros sueños.



Tus besos. Los que me das con compromiso.




Si extrañar nunca tuvo dimensiones, para lo que yo te extraño no alcanza el no haber medidas. No tengo con quién hablar de historia, o quién critique a este gobierno con razón y locura a la vez. ¿Cón quién comentar un libro nuevo, una película de acción o terror, o el último tema de la mejor electrónica y que lo desarme hasta no dejar ni polvo?




No hay quien me diga que el día antes de rendir no se estudia, ni nadie que me vaya a buscar a la estación sin que lo insulten diez en cinco cuadras y en veinte idiomas diferentes. No hay quien me haga carteles cuando vuelvo de un viaje, ni me deje la heladera llena y el perro gordo. No hay más el tabú de verte llorar. 




Deberían permitirnos a los vivos dar una vez en la vida un abrazo a un muerto. 




¿Con quién llenar la mesa del fondo de figuritas, y entender días, meses, años, décadas después que sólo ese día viví el momento?




Me gustaría morir por diez minutos, y abrazarte, sin hablar, durante todos ellos. 


La secuela

Me late el párpado inferior.

Anoche soñé con vos. Soñé que se resolvían mis problemas con vos, que, como no puede ser de otra manera en mi vida, siempre dependió de otros. Soñé que reunidas todas, se sacaba de una cartera grande de alguna, no recuerdo de quién, el nudo tabú que armaste hace casi un año. Un nudo que, creo, un par no conocía; y que otras sabían bien cómo se había enredado.

“Tendríamos que resolver este problema” solicitaba una. Yo, muda. Y mi silencio en este caso no decía más nada, porque ya sentía – siento – que no tengo nada que decir. Ante el pedido, el aire nos calló a todas. Una valiente aventuró en un murmullo unas palabras que nadie escuchaba bien, porque estábamos escuchando a nuestras voces interiores.

Como era un sueño, el tiempo no se midió, y me encontré como si fuera muchos minutos después, sentada en la misma silla, en la misma mesa redonda, en ese ambiente claro y gris, y en el medio de una discusión bien caliente, aunque el frío nos abrazaba. Mis dos tenores principales cantaban por mí, como si hubieran estudiado abogacía me defendían, como si fueran boxeadoras, luchaban, como si fueran desnutridas, devoraban. Del resto no me acuerdo bien, estoy segura de haber visto a una o dos arrugar la frente para expresar descontento, pero sin decir muchas palabras. Una sexta mujer con su callar me apoyaba.

Era un sueño - ¡cómo no me di cuenta! – en el doble sentido de la palabra, en el onírico, y en el del deseo. Todo se resolvía como mi anhelo lo esperaba, sentado pero moviendo el pie sincrónico y con nerviosismo. Ya no había argumentos. Había ganado.

Y después nos quedamos solas.  

Aparecimos gracias a esos efectos especiales de los sueños en el medio de un campo, creo que europeo por las fotos que he visto de ese continente, y caminábamos o andábamos en bicicleta. Al principio ella no negociaba, quería que la reconstrucción de la relación fuera 50-50. Yo, intransigente, como con pocos hechos de mi vida. Con unos segundos  de charla, que sólo fueron segundos porque era un sueño, pero parecieron horas, cedía todo, prometía actuar sola, sabiendo que no sería fácil, que el dolor se había convertido en la marea contra la cual ella tendría que remar. Lo sabía, y yo lo sabía.



Y ahí entendí que nada iba a cambiar. 

miércoles, 19 de junio de 2013

Un viaje al santuario

En la tarima de cemento húmedo y con arrugas de los años esperamos, como si fuera una plaza pública de otras eras, esperando al verdugo. Si bien el viento es helado, hay calor y susurro constante. Pero nadie habla en esa plataforma, a nadie le gusta estar ahí. Lo vemos llegar a lo lejos, caminando constante, sin ruido, y se hace cada vez más grande hasta frenar ante nosotros. Traspaso el hueco rancio que separa la seguridad que esa plataforma raramente inspira de la clara certeza de la “aventura” que me espera. El aire comprimido entre las paredes de chapa pintada y un par de vidrios aleatorios me ciñe con apuro, empujado por el resto de las personas que se convierten en cariñosos amigos, o en metáforas de abrazos que nunca quisieron dar. Entrar me cuesta enviones y tener el hombro y brazo derecho muy desarrollados, a pesar de que es sábado y los fines de semana se mueve menos gente. Al menos, eso dicen.
Todavía no me habitúo al silencio del deslice inusualmente vaporoso que ahora tiene el tren Sarmiento. Pienso que en vez de electricidad lo guían imanes, y allá vamos los valientes, como flotando en el vagón en el oscilar del pavor y del tengo que llegar. Sin embargo, el aire queda estático, y el andar de la formación me obliga a olores de otras experiencias.
Cuando empieza el viaje, la mayoría nos pasamos a modo zen, y nadie mira otra cosa que un punto fijo en la chapa, seguramente sin pintura, o seguramente tapada con alguna propaganda política, o sino un punto fijo en el vidrio, que se sucede como caleidoscopio, pero con colores menos brillantes y mucho más tristes. Cada parada se siente como esa ola que no esperabas pero que sabías que iba a llegar, y que te revuelca, te deja sin aliento, te ahoga, te llena la nariz de sal y te hace estornudar, para ahogarte de nuevo. Es ahí cuando los olores tienen su respiro, y pueden salir y socializar con otros, que tal vez se sumen.
El viaje es siempre un aprendizaje, y cuando viajo en este tren no hago más que comprobarlo. Aprendo que hay puertas que no andan, que hay personas que no lo cuidan, a identificar a los que no están simplemente viajando y vienen a hacerse de los trabajos de los demás. Desarrollo visión láser, y me convierto en guardaespaldas de mi misma. Me declaro insana mental, me enfermo de paranoia, esquizofrenia y otros trastornos obsesivos, pero de forma estacional.
Vamos agarrados, todos, porque aunque ya no caigamos o tropecemos con el traqueteo, tenemos vergüenza anticipada de confiarnos en otro y desmayarnos, y ensuciarnos con el polvo pisado por tantas personas antes que nosotros. Los dedos, si es posible de ambas manos, se aferran con una fuerza y un desgano paradójicos, a caños helados, casi escarchados, o a plásticos mojados de otros sudores. Suena, se ve y se siente asqueroso, pero no nos damos cuenta.
En cada estación en la que dudamos si el tren va a parar o no, se sucede la inmigración y emigración masiva para las dimensiones del tren, pero en ningún caso deja de ser un territorio superpoblado. Como tal, las enfermedades, las alegrías y las tristezas se viven como epidemias, que mutan de vagón a vagón. Sin embargo, todos en el viaje nos solidarizamos en una suerte de familia moderna, muy grande y unida.
Nos acercamos al santuario obligado que es la estación de Once. Como hipnotizadas, e ignorando que exista otra cosa alrededor que no sea aire, se movilizan hacia la punta del tren cientos de personas. Se sienten apenas sus pasos en mis pies, que vibran, tal vez, con algo de temor. Salimos en silencio y con pausa del estado se ensoñación alerta que adquirimos en el viaje, y los observamos. Nuestros teleobjetivos recorren sus ciento ochenta grados inquietos, advirtiendo el alrededor, despertando de estar despiertos. Y la gente sigue hacia adelante, lenta pero apurada, y todo porque quieren bajar más rápido. Yo solamente quiero bajar.
Los glóbulos se preparan e inician la carrera, y la velocidad con la que recorren su pista, marcando la vuelta en el corazón, acelera. Ya veo los túneles de ladrillo colorado con musgo y otros hongos en sus ranuras, veo tras ellos que se abre el cielo bien celeste, manchado apenas, testigo de dos de las cicatrices más marcadas de nuestro país: 30 de diciembre de 2004 y 22 de febrero de 2012. Veo, también, cómo el tren apunta para el andén uno, ese que a su costado tiene una pared llena de corazones con nombres, un verdadero cementerio sin tumbas ni ataúdes. Tal como empezó, la carrera en mis venas parece finalizar.
El momento del rezo, de que por favor frene, de que por favor frene, de que por favor frene. Siempre se reza tres veces, aunque debería rezarse 51. Y después, el momento del scrum iluso, en el que todos, sin saber de rugby, adoptamos posiciones y luchamos contra un equipo inexistente, pegándonos entre nosotros, para salir. No sé si todos tienen miedo, pero pareciera que sí. Y yo, definitivamente, tengo miedo.

miércoles, 5 de junio de 2013

Suscribite

Tengo una amiga, a la que no veo nunca, pero puedo leerla. 
Desde que la conozco que tiene un aura de personaje de película camaleónico, porque le pasaron cosas que solamente pasan en Hollywood. Le pasan cosas que solamente pueden pasar en un teatro o en un buen libro. Porque, aparte, las cuenta como gran oradora que es, y parece el péndulo que va y viene, hipnotizándote.
La empujo siempre a que vaya por lo que ella más quiere, que para mí ya lo es hace rato: ser escritora. Se raspa cada vez que alguien le pasa el borratintas por sus deseos, y yo sería su manager más violento. Se preocupa por su preparación, sólo le importa aplicar lo que sabe, que es mucho, pero para ella no es demasiado. Y por eso siempre va por más, más, más. Tanto, que los muebles de su habitación están hechos con pilas de libros. 
Tengo una amiga, a la que no veo nunca, pero es mi Borges y la llevo siempre en el libro de bolsillo. Es un escuerzo de diminutez, delgada desnutrida pero sana, alta lo necesario, un desorden puesto encima con patitas de jirafa. No esperen que se acuerde de vos, no pretendo eso nunca de ella porque sé todo lo que tiene en la cabeza. Es tan linda la sensación que me recorre cuando la llamo y me atiende, y siempre está con una sonrisa en la espalda. En ella todo es felicidad, camina con felicidad, estudia con felicidad, come con felicidad, te habla con felicidad, la transmite. Para mejor, y abandonando todo subjetivismo, es un as de la oración. Es incomprensible y a la vez justa. 
Tengo una amiga, a la que no veo nunca, pero puedo leerla. Puedo leerla porque escribe. Nos acercan las letras de nuestro abecedario cuando alguien se desnuda así. 
Suscribite a la escritura. 

lunes, 3 de junio de 2013

Para no ser ansioso

De los males que hay en este mundo, hay uno en particular, que deberíamos pujar por destruir por completo, y en el que debemos hacer especial hincapié para desalentarlo, porque contribuye a la rapidez, a la astucia y a la enfermedad de la sociedad de hoy. Por eso considero de fundamental importancia instruir a las gentes y sus seres amados y odiados con tanto fervor en el arte de no ser ansioso. 

Para no ser ansioso se necesita mucho más de lo que gentilmente llamamos inteligencia, diría que eso es casi esotérico y poco epistemológico. Para no ser ansioso, en primer lugar se requiere, excluyente, la capacidad de concentración. Porque la ansiedad nos desvía, nos distrae, es como una buena película que pasan por el cable un domingo a las siete de la tarde. La concentración casi con certeza es el primer paso/requisito/necesidad/capacidad obligatoria. 

Para no ser ansioso, además, no estaría mal no estar solos, es decir, evitemos la soledad. La soledad nos hace pensar demasiado, y siempre, menos cuando lo precisa urgentemente, el que busca, encuentra. En nuestra caja negra guardamos lo mejor, sí, pero guardamos especialmente lo peor, y si buscamos seguramente eso sea lo primero que encontremos. Alejémonos de ese amigo de la parca, que aguarda para encontrarnos desprevenidos, por ahí la misma tarde de domingo que enganchamos a Bruce Willis peleando con algún chino o coreano mafioso. La soledad es un amante medio morboso medio obsceno medio porno de la ansiedad. 

Para no ser ansioso es aconsejable que registres hábitos, ritos, costumbres, tradiciones, incluso religiones, en las que notes que tu compulsividad toma ciento cuarenta, no caracteres, sino caballos de fuerza. El ejemplo más clicheado de la historia es comerse las uñas. Las uñas no duelen, no registramos que existen hasta que las usamos para rascarnos, en el caso de las mujeres para usarlas como lienzos berretas, o para comernoslas. Las uñas, para los ansiosos, son caviar. O mejor, son una suerte de dulce de leche solidificado, concreto. Mordernos las uñas nos produce una descarga, al partirse es como si dijeramos ahs, uhs, ohs, y demás onomatopeyas. Son como un psicólogo al que podemos literalmente morder cuando algo no nos gusta. Otro ejemplo clásico, de canon, de los ansiosos, es la piernita demonio de tasmania, obviamente porque no para de moverse. Estamos tal vez en un ambiente tranquilo, y oímos, ávidos, esos pasos constantes, como un segundero aceleradísimo, contra el piso, y sentimos que la silla de al lado o de enfrente nuestro baila, frenética y sola. Y descubrimos al ansioso en la mesa. O peor: descubrimos que somos nosotros los ansiosos. Por eso es muy necesario, de prioridad nacional, que registremos estos hábitos, ritos, costumbres, tradiciones incluso religiones, que lo único que acentúan es nuestra inhabilidad de aceptar el trastorno. 

Para no ser ansioso es muy necesario llevar una vida de plancton en pecera. Esto quiere decir que colaboraría a la labor de no ser ansioso el llevar una vida aburrida y rutinaria. Este tipo de personas logran esquivar con éxito rotundo las piedras, ríos y montañas que supone en la vida de uno la ansiedad. La rutina es un guardaespaldas que nos cuida de cualquier cosa, persona, hecho, lugar extraño. Y el aburrimiento nos salva de la excitación, y podemos guardar tranquilitos nuestros ojos para adentro que no hay nada que ver, nada que nos interese o importe, estamos cómodos en la calidez del anonimato y en la cárcel de la rutina. 

Para no ser ansioso es importante arrancar con el proceso de inansiedad desde pequeño. Esto es altamente recomendable, porque cuantas menos cosas haya visto el mocoso, menos cosas deseará, y entonces menos cosas tendrán la capacidad de ponerlo en ese estado colérico y enfermizo de la ansiedad. Los entornos sencillos, apolíticos, agustosos, inagradables, tendrán el efecto de generar total desinterés por el entorno. Y recordemos que sin interés no hay ansiedad.  

Para no ser ansioso es necesario que la emoción y la intrepidez queden para otro momento, tal vez el estado inconciente sea el más apropiado para esto. La emoción es a la ansiedad como el Pingüino a Batman, el Mojojojo a las Chicas Superpoderosas, el Tom a Jerry. La alienta, la tienta como droga mala, es el diablito que con sus poderes de seducción empuja a la ansiedad al trampolín del éxtasis. Estar alertas, sobre todo, y no escuchar a las lenguas bífidas y malintencionadas que nos dicen que así se vive mejor la vida. Es mentira, y no deberían creerles por más que aparezca la Virgen de San Nicolás, Jesús, Judas y Juan Pablo II todos juntos comiendo un asado. No les crean. Son ilusionistas y su único objetivo es que no veamos las telarañas de la ansiedad que tejen con empeño para que ahí caigamos, ilusos y completamente desprotegidos. 

Para no ser ansiosos, por último, deben tener prohibido el consumo de ansiolíticos. Estos medicamentos, que contienen componentes químicos que aparentan anular la ansiedad, en verdad la potencian. Cualquier consumidor o familiar de un consumidor de ansiolíticos puede dar cuenta del aumento de su uso paulatinamente, porque el efecto de tranquilidad y paz, digno de las personas realmente no ansiosas, es un escenario desmontable cada vez con más cancha y rapidez, lo cual hace que la frecuencia de la ingesta de ansiolíticos más compulsiva y frenética, como es la ansiedad. Si usted ve una persona consumiendo ansiolíticos, y está usted en pleno proceso contra la tempestad de la ansiedad, aléjese. 

Siguiendo estos amables y bienintencionados consejos, usted podrá felizmente deshacerse de esa sensación de ingratitud e inconformismo que le provoca la ansiedad. Recuerde que siempre la ansiedad está a la vuelta de la esquina, en su trabajo, en su auto, en su baño, en su cama. Debe estar alerta. Cuanto menos duerma, menos espere, menos se relacione, menos salga, menos vea y más inactivo esté mejor. 

O peor.