No hace falta leer la Declaración Universal de
los Derechos Humanos, ni ser un experto en seguridad vial, ni siquiera hace falta
ser un vivo con registro para conducir para distinguir la gente normal de los
inadaptados sociales que no ponen el giro para doblar cuando manejan.
El
giro, según el Diccionario de mi Real Conciencia y Experiencia, es una lucecita
del color de una mandarina o quinoto, según el modelo, y del brillo de una
vedette, que puede llegar a ser una ternura como una bomba atómica, y sirve
para informar a los y las que van atrás tuyo, en otra unidad de dos o más
ruedas, de lo que vas a hacer a continuación con el transformer que conducis.
Pero, lamentablemente, el analfabetismo es muy alto en este país, y hay gente
que recibió el milagro de manejar, cosa impensada, y no sabe cómo se usa el
giro. En la lista de prioridad nacional de asignación de presupuestos debería
ir primero el temita de la economía, los recursos y aquello de lo que todos
hablamos y pero nada entendemos, y después la instrucción sobre el uso del giro
en distintos vehículos motorizados y no motorizados.
El
giro tiene muchísimos beneficios. En primer lugar alerta al que viene atrás
tuyo, que puede estar tan apurado, tan triste, tan cansado, tan enamorado, tan
caliente, tan etcétera como vos. Porque tenemos que recordar, preciosos
ciudadanos del caos, que efectivamente, existen otras personas en el mundo,
aparte de nuestra familia, el trabajo y uno. Está copada la onda de a mí no me
importa nada, el otro que se joda, mirá que cool que soy así tan despreocupado;
pero todo tiene su frontera. A ver si empezamos a pensar con el cerebro, y
usamos el giro, en vez de pensar con los las manitos y tocar la bocina.
En
segundo lugar, el giro alerta a los pobres peatones que no tienen auto porque,
pobres, no les da el sueldo, porque, pobres, se tienen que tomar el bondi o el
tren re hacinado y viajan re re mal, y pobres, andan caminando a la intemperie.
Un peligro, sobre todo por los astutos imbéciles que no ponen el giro cuando
doblan. Estamos todos pensando en que esos pobres peatones, que pobres no se
les cae ni una pelusa del bolsillo porque no les alcanza ni para ensuciarse, a
estos pobres sí les alcanzó para comprarse tremendo celular, o tremendos casco-auriculares,
y pobres, van a quedar re sordos, pero en el interín no escuchan venir a los
autos, ni se ponen en el cansancio y el tedio que implica mirar para los dos
costados. Se imaginan lo que puede pasar en una serie de onomatopeyas e
ilustraciones de historieta. Si usáramos el giro como dios y Gran Hermano
mandan, podríamos evitar las crónicas y películas taquilleras sobre el pobre
pibe que cruzaba la calle y lo atropelló una mina para nada fea y con una
cinturita de digna de una víctima de la desnutrición en Chaco, y de las que
todos conocemos el final (la chica para nada fea se enamora del hermano del
muerto). No es excusa que el pobre peatón, que ya era pobre antes de que lo
atropellemos, esté haciendo cualquier otra nimiedad al momento de cruzar la
calle, esa es otra guerra.
Por
último, el giro no es nocivo para el medio ambiente, ni consume tanta batería como
para que no enviemos el impulso nervioso a los deditos de la mano y subamos o
bajemos la palanquita que acciona la lucecita. Piensen en los niños pequeños
que pueden estar viajando en otro vehículo detrás nuestro, cómo les divertirá
el giro. Escuchen la risita del nene o nena. ¿Ven que bueno es el giro? De sólo
imaginarnos nos viene la paz de la risita del bebé. O piensen en el desgraciado
peatón, al menos les pueden ahorrar el desahucie de tener que hacer tarot sobre
a dónde irá el maldito burgués con auto, el diálogo mental de si hubiera puesto
el giro sabría para dónde dobla, qué pobre soy.
Si
no accionan el giro, mis amables y tontos Barbies y Kens, vamos a tener, como
le dijeron a Houston, un problema. Un problema pesado como las tías abuelas, o
como una buena milhojas. Pesado como el heavy metal. Generalmente, soy amorosa,
pero cuando no ponen el giro sacan al Hitler que hay en mí, y les advierto es
especialmente nazi. Voy a por todos los que no ponen el giro. A los que están
saliendo de estacionar y se quieren meter y tocan bocina cuando no los dejo
pasar, es la quinta sinfonía de Beethoven para mí. Si estoy por cruzar la
calle, y el auto que dobla fue para el otro lado, y no crucé por esperar lo
peor, pobre conductor, mejor que llame una bruja porque se va a comer un ojeo
del tamaño de la Gran Muralla China.
Convoco
al pueblo indignado, no por el Gobierno, sino por los idiotas que no saben cómo
poner un simple giro, a que marchemos con luces naranjas bien estridentes por
las calles, a que alertemos del certero porvenir. No habrá Santa Rosa, Pampero
o Copahue que interrumpa la labor. Al no poner el giro, no hemos sido nosotros
los que declaramos la guerra, señores, se la han auto-declarado hacia sí
mismos. Pobres.
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