miércoles, 29 de mayo de 2013

Tampoco te atrevas

No hace falta leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ni ser un experto en seguridad vial, ni siquiera hace falta ser un vivo con registro para conducir para distinguir la gente normal de los inadaptados sociales que no ponen el giro para doblar cuando manejan.
                El giro, según el Diccionario de mi Real Conciencia y Experiencia, es una lucecita del color de una mandarina o quinoto, según el modelo, y del brillo de una vedette, que puede llegar a ser una ternura como una bomba atómica, y sirve para informar a los y las que van atrás tuyo, en otra unidad de dos o más ruedas, de lo que vas a hacer a continuación con el transformer que conducis. Pero, lamentablemente, el analfabetismo es muy alto en este país, y hay gente que recibió el milagro de manejar, cosa impensada, y no sabe cómo se usa el giro. En la lista de prioridad nacional de asignación de presupuestos debería ir primero el temita de la economía, los recursos y aquello de lo que todos hablamos y pero nada entendemos, y después la instrucción sobre el uso del giro en distintos vehículos motorizados y no motorizados.
                El giro tiene muchísimos beneficios. En primer lugar alerta al que viene atrás tuyo, que puede estar tan apurado, tan triste, tan cansado, tan enamorado, tan caliente, tan etcétera como vos. Porque tenemos que recordar, preciosos ciudadanos del caos, que efectivamente, existen otras personas en el mundo, aparte de nuestra familia, el trabajo y uno. Está copada la onda de a mí no me importa nada, el otro que se joda, mirá que cool que soy así tan despreocupado; pero todo tiene su frontera. A ver si empezamos a pensar con el cerebro, y usamos el giro, en vez de pensar con los las manitos y tocar la bocina.
                En segundo lugar, el giro alerta a los pobres peatones que no tienen auto porque, pobres, no les da el sueldo, porque, pobres, se tienen que tomar el bondi o el tren re hacinado y viajan re re mal, y pobres, andan caminando a la intemperie. Un peligro, sobre todo por los astutos imbéciles que no ponen el giro cuando doblan. Estamos todos pensando en que esos pobres peatones, que pobres no se les cae ni una pelusa del bolsillo porque no les alcanza ni para ensuciarse, a estos pobres sí les alcanzó para comprarse tremendo celular, o tremendos casco-auriculares, y pobres, van a quedar re sordos, pero en el interín no escuchan venir a los autos, ni se ponen en el cansancio y el tedio que implica mirar para los dos costados. Se imaginan lo que puede pasar en una serie de onomatopeyas e ilustraciones de historieta. Si usáramos el giro como dios y Gran Hermano mandan, podríamos evitar las crónicas y películas taquilleras sobre el pobre pibe que cruzaba la calle y lo atropelló una mina para nada fea y con una cinturita de digna de una víctima de la desnutrición en Chaco, y de las que todos conocemos el final (la chica para nada fea se enamora del hermano del muerto). No es excusa que el pobre peatón, que ya era pobre antes de que lo atropellemos, esté haciendo cualquier otra nimiedad al momento de cruzar la calle, esa es otra guerra.
                Por último, el giro no es nocivo para el medio ambiente, ni consume tanta batería como para que no enviemos el impulso nervioso a los deditos de la mano y subamos o bajemos la palanquita que acciona la lucecita. Piensen en los niños pequeños que pueden estar viajando en otro vehículo detrás nuestro, cómo les divertirá el giro. Escuchen la risita del nene o nena. ¿Ven que bueno es el giro? De sólo imaginarnos nos viene la paz de la risita del bebé. O piensen en el desgraciado peatón, al menos les pueden ahorrar el desahucie de tener que hacer tarot sobre a dónde irá el maldito burgués con auto, el diálogo mental de si hubiera puesto el giro sabría para dónde dobla, qué pobre soy.
                Si no accionan el giro, mis amables y tontos Barbies y Kens, vamos a tener, como le dijeron a Houston, un problema. Un problema pesado como las tías abuelas, o como una buena milhojas. Pesado como el heavy metal. Generalmente, soy amorosa, pero cuando no ponen el giro sacan al Hitler que hay en mí, y les advierto es especialmente nazi. Voy a por todos los que no ponen el giro. A los que están saliendo de estacionar y se quieren meter y tocan bocina cuando no los dejo pasar, es la quinta sinfonía de Beethoven para mí. Si estoy por cruzar la calle, y el auto que dobla fue para el otro lado, y no crucé por esperar lo peor, pobre conductor, mejor que llame una bruja porque se va a comer un ojeo del tamaño de la Gran Muralla China.
                Convoco al pueblo indignado, no por el Gobierno, sino por los idiotas que no saben cómo poner un simple giro, a que marchemos con luces naranjas bien estridentes por las calles, a que alertemos del certero porvenir. No habrá Santa Rosa, Pampero o Copahue que interrumpa la labor. Al no poner el giro, no hemos sido nosotros los que declaramos la guerra, señores, se la han auto-declarado hacia sí mismos. Pobres.

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