miércoles, 15 de mayo de 2013

Mi epitafio (según mi otro yo).

Aquí yace… Bah, ¡“aquí yace” las pelotas! Acá tiré a este río que tenemos, turbio como chino en una playa, a una persona (bueno, a la intención de una), que ni siquiera merecía el aventón. ¿Qué decir de la mina que está hecha de competitividad, egocentrismo y estrellato? Soberbia pero inteligente, la muy bicha se creía mejor por su promedio “académico”, sin preocuparse por otras cosas más importantes. Sus problemas eran el mundo, ¿qué importa si se murió el presidente, o su madre, o un Natalia Natalia? Da igual para ella. Bah, “daba” igual.
Acabo de hacerle la ruta más corta a esta pedante, vasca testaruda, ¡qué mal llevada! Nada le venía bien, y si no era a su modo, entonces no era. Igual, ahora que lo pienso es una forma astuta para conseguir las cosas.
Más rebuscada que un sudoku. Todo con un sentido especial o doble o triple, si decía “adiós”, “chau”, “chaucito”, “nos vemos”; todo tenía un significado diferente. Usaba palabras que creo que ni ella entendía para hacerse la misteriosa (debo admitir que por lo general lo lograba). Por ahí sabía algo de todo lo que decía saber... Digo, no me caía como para invitarla a tomar unos mates, pero siempre era ocurrente y ayudaba a quien se lo pedía. De todas formas calculo que era para hacerse la sabionda.
Uf, ¡la madre cuando se entere…! Eran tan pegadas que parecían papel, voligoma, papel. Se ayudaban mucho entre ellas. Bue, a alguien tenía que salir así de fallada (o falluta). Siempre requiriendo atención, para hacerse la necesitada… ¡Como si le hubiera faltado algo! No hay cosa que no haya tenido, o podido tener si no fuera por ese carácter de mal parida, frívola e impaciente. Ese fue el móvil, uno de los tantos, de mi envidia asesina. Tanto hablaba de “ser efímero” y toda esa cháchara… Ahí tenes, tan efímera que te creías, y ahora ya no estás. Hasta eso que tanto querías lo tuviste.
Querrán saber qué me hizo para que quiera matarla, ¿no? Me hizo sentir que era otra persona, me hizo cambiar hasta límites que no conocía ni Petete, me hizo actuar cada novela de Miller o de Suar. Y es muy feo que te condicionen, que te hagan sentir que lo que haces está mal, mal mal mal mal mal, y que tu vida puede ser mejor si ella está presente. Ni que fuera algún tipo de Dios, o Néstor en el mejor de los casos.
Pero, ahora que lo pienso, soy igual a ella. Por ver los defectos, dejándome llevar por fragmentos, vi nada más que la cana, el grano, la telaraña en el rincón. Tal vez era crítica para que el mundo sea más vivible, quizá se hacía la nerd para acercarse a lo que más quería en el mundo. Por ahí no se hacía la necesitada, por ahí era necesitada.
No di lugar a chances o perdones, igual que ella. La critiqué, la enjuicié, y ahora me hago el justiciero por haber matado a esa intolerante, y en ese hecho me he vuelto intolerante yo mismo. Soy igual a ella, ahora ella vive en mí, y el cadáver que veo flotando en el río es el mío. 

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