Cohabitante de este
mundo, de este país, de esta ciudad. La espera ha carcomido mis ideales, ya no
tengo cobijo en mi cabeza; la tolerancia, de la cual soy asesina, descansa hace
rato bajo tierra, abandonada, no me sirvió más.
He de decirte, sé que estás recibiendo mi mensaje, sé que preferís hacer
la del testigo invisible, y sé que pienso con certeza, que estabas esperando
este momento.
Estamos en terapia
intensiva, esperando noticias sin mayores esperanzas. La resignación es parte
de nuestras venas y nos recorre, no dejando nada sin su control. Convivimos con
vos, a pesar nuestro y por culpa nuestra. Es mi mayor pesar saberme partícipe,
cómplice, de la masacre que han de sufrir nuestros sentidos al percibirte.
Nos golpea nuestras
retículas con tenedores y alfileres cuando lo vemos, y nuestros ojos padecen la
pena de seguir nerviosos, receptivos, con un breve refugio entre esa tela translúcida
que los deja dormir. Si fueras solamente un detalle, una mínima irrupción en
nuestro andar, un simple segundo de dolor. A quien te haya inventado, le deseo
Hitlers y Videlas.
“Lo bueno, si breve, dos
veces bueno”, ¿por qué no acataste tal proverbio? Los hacedores de mandatos
cortos y meteorólogos no fueron repetidos, casi genealógicamente, por abuelas,
tías y madrinas, para que los tomaras e hicieras de ellos un erróneo compuesto
químico. Nadie te habilitó para que, como un pariente lejano, te instales,
dejes tus valijas atrás de la puerta y hagas tu vida.
Endémico, te propagaste
como si fueras derivado de la gripe, te ensañaste con los tubos de ensayo de la
sociedad, con los que joden tanto con la pelota, que no pueden ver en tus
apariciones lo lastimero, lo estridente, lo hipnótico. Porque ciertamente te
miramos y nos volvemos televisores, repetitivos, nos volvemos telón cuando
ingresas en la escena. Nadie puede no verte.
Presos de nuestros iris,
traicionados por la brevedad de las pestañas y su danza, el más ciego ha de
tener el placer de no formar parte de esta atrocidad. El resto de los mortales
no tenemos opción, una vez en nuestro radio sos un Obelisco, ¿cómo no verte?
Sos de las más patéticas dictaduras, no das opción siendo tan básico…
Hemos sido una sociedad
masoquista, hemos elegido ser las víctimas de los látigos de esta tecnológica
tabla cromática. Nos gusta verte, nos atraes habiendo estudiado concienzudo a
la teoría de la gravedad. Sos como un buen accidente en la autopista, por el
que todos frenamos para verte, morboso, muriéndote en las muñecas, cuellos y
pies de las femeninas. Y, exótico, en tu muerte te reivindicas, lánguido seguís
ahí para mostrarnos que tu presencia inalterada continuará siendo un perfecto y
molesto chicle en el talón.
La hora de la verdad y
de la acción es esta. Te convertiste en un inmigrante sin papeles cuando de
pasar de ser una pechera o un letrero en una ruta neblinosa pasaste a gobernar
los todo por dos pesos de bijou y algunos hermosos cortes de telas, a los que
arruinaste. Si hubieras sido una flor en un jardín, o un botón o vivo simpático
y divertido. Pero, ambicioso, no te alcanzó nada, quisiste ser la cuarta
Revolución Industrial y ningún historiador quiso marcar una época con tu
presencia. Sos una prostituta usando tu seducción para que caigamos en tu rutina,
y te conviertas en nuestro éxtasis, con toda su polifonía.
Hemos de decirte basta,
Mister Flúo, hemos de negarnos a tu presencia y erradicarte. Hemos de quemar
todos tus circuitos y evangelizar a tus cautivos, hemos de usar lentes para
anular tu propaganda. Ha llegado el momento de que el pueblo enceguecido se
haga atril, pincel y acuarela, para tapar con mucho esfuerzo las atrocidades
bellamente histriónicas e impertinentes con las que rasgaste desprolijo nuestro
maniquí. Organizados, neutros y pacíficos, te destituiremos en el trono que
justinbiberianos y yanquis católicos te han inmaduramente coronado. La tropa de
los humildes ha de ejercer su venganza. El rosa flúo, el naranja flúo, el
amarillo flúo, y demás parásitos de la escala cromática que lastima nuestras
pupilas, han de reducirse a ser simples resaltadores, inadvertidas marcas
viales o malhumorados señalizadores de espacios para estacionar. Sus ansias de
poder por otros ámbitos los ha llevado a la avaricia. Han por eso de merecer el
infierno, que es mis ganas de victoria guerrera.