miércoles, 29 de mayo de 2013

No te atrevas

Cohabitante de este mundo, de este país, de esta ciudad. La espera ha carcomido mis ideales, ya no tengo cobijo en mi cabeza; la tolerancia, de la cual soy asesina, descansa hace rato bajo tierra, abandonada, no me sirvió más.  He de decirte, sé que estás recibiendo mi mensaje, sé que preferís hacer la del testigo invisible, y sé que pienso con certeza, que estabas esperando este momento.
Estamos en terapia intensiva, esperando noticias sin mayores esperanzas. La resignación es parte de nuestras venas y nos recorre, no dejando nada sin su control. Convivimos con vos, a pesar nuestro y por culpa nuestra. Es mi mayor pesar saberme partícipe, cómplice, de la masacre que han de sufrir nuestros sentidos al percibirte.
Nos golpea nuestras retículas con tenedores y alfileres cuando lo vemos, y nuestros ojos padecen la pena de seguir nerviosos, receptivos, con un breve refugio entre esa tela translúcida que los deja dormir. Si fueras solamente un detalle, una mínima irrupción en nuestro andar, un simple segundo de dolor. A quien te haya inventado, le deseo Hitlers y Videlas.
“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, ¿por qué no acataste tal proverbio? Los hacedores de mandatos cortos y meteorólogos no fueron repetidos, casi genealógicamente, por abuelas, tías y madrinas, para que los tomaras e hicieras de ellos un erróneo compuesto químico. Nadie te habilitó para que, como un pariente lejano, te instales, dejes tus valijas atrás de la puerta y hagas tu vida.
Endémico, te propagaste como si fueras derivado de la gripe, te ensañaste con los tubos de ensayo de la sociedad, con los que joden tanto con la pelota, que no pueden ver en tus apariciones lo lastimero, lo estridente, lo hipnótico. Porque ciertamente te miramos y nos volvemos televisores, repetitivos, nos volvemos telón cuando ingresas en la escena. Nadie puede no verte.
Presos de nuestros iris, traicionados por la brevedad de las pestañas y su danza, el más ciego ha de tener el placer de no formar parte de esta atrocidad. El resto de los mortales no tenemos opción, una vez en nuestro radio sos un Obelisco, ¿cómo no verte? Sos de las más patéticas dictaduras, no das opción siendo tan básico…
Hemos sido una sociedad masoquista, hemos elegido ser las víctimas de los látigos de esta tecnológica tabla cromática. Nos gusta verte, nos atraes habiendo estudiado concienzudo a la teoría de la gravedad. Sos como un buen accidente en la autopista, por el que todos frenamos para verte, morboso, muriéndote en las muñecas, cuellos y pies de las femeninas. Y, exótico, en tu muerte te reivindicas, lánguido seguís ahí para mostrarnos que tu presencia inalterada continuará siendo un perfecto y molesto chicle en el talón.
La hora de la verdad y de la acción es esta. Te convertiste en un inmigrante sin papeles cuando de pasar de ser una pechera o un letrero en una ruta neblinosa pasaste a gobernar los todo por dos pesos de bijou y algunos hermosos cortes de telas, a los que arruinaste. Si hubieras sido una flor en un jardín, o un botón o vivo simpático y divertido. Pero, ambicioso, no te alcanzó nada, quisiste ser la cuarta Revolución Industrial y ningún historiador quiso marcar una época con tu presencia. Sos una prostituta usando tu seducción para que caigamos en tu rutina, y te conviertas en nuestro éxtasis, con toda su polifonía.
Hemos de decirte basta, Mister Flúo, hemos de negarnos a tu presencia y erradicarte. Hemos de quemar todos tus circuitos y evangelizar a tus cautivos, hemos de usar lentes para anular tu propaganda. Ha llegado el momento de que el pueblo enceguecido se haga atril, pincel y acuarela, para tapar con mucho esfuerzo las atrocidades bellamente histriónicas e impertinentes con las que rasgaste desprolijo nuestro maniquí. Organizados, neutros y pacíficos, te destituiremos en el trono que justinbiberianos y yanquis católicos te han inmaduramente coronado. La tropa de los humildes ha de ejercer su venganza. El rosa flúo, el naranja flúo, el amarillo flúo, y demás parásitos de la escala cromática que lastima nuestras pupilas, han de reducirse a ser simples resaltadores, inadvertidas marcas viales o malhumorados señalizadores de espacios para estacionar. Sus ansias de poder por otros ámbitos los ha llevado a la avaricia. Han por eso de merecer el infierno, que es mis ganas de victoria guerrera.

Tampoco te atrevas

No hace falta leer la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ni ser un experto en seguridad vial, ni siquiera hace falta ser un vivo con registro para conducir para distinguir la gente normal de los inadaptados sociales que no ponen el giro para doblar cuando manejan.
                El giro, según el Diccionario de mi Real Conciencia y Experiencia, es una lucecita del color de una mandarina o quinoto, según el modelo, y del brillo de una vedette, que puede llegar a ser una ternura como una bomba atómica, y sirve para informar a los y las que van atrás tuyo, en otra unidad de dos o más ruedas, de lo que vas a hacer a continuación con el transformer que conducis. Pero, lamentablemente, el analfabetismo es muy alto en este país, y hay gente que recibió el milagro de manejar, cosa impensada, y no sabe cómo se usa el giro. En la lista de prioridad nacional de asignación de presupuestos debería ir primero el temita de la economía, los recursos y aquello de lo que todos hablamos y pero nada entendemos, y después la instrucción sobre el uso del giro en distintos vehículos motorizados y no motorizados.
                El giro tiene muchísimos beneficios. En primer lugar alerta al que viene atrás tuyo, que puede estar tan apurado, tan triste, tan cansado, tan enamorado, tan caliente, tan etcétera como vos. Porque tenemos que recordar, preciosos ciudadanos del caos, que efectivamente, existen otras personas en el mundo, aparte de nuestra familia, el trabajo y uno. Está copada la onda de a mí no me importa nada, el otro que se joda, mirá que cool que soy así tan despreocupado; pero todo tiene su frontera. A ver si empezamos a pensar con el cerebro, y usamos el giro, en vez de pensar con los las manitos y tocar la bocina.
                En segundo lugar, el giro alerta a los pobres peatones que no tienen auto porque, pobres, no les da el sueldo, porque, pobres, se tienen que tomar el bondi o el tren re hacinado y viajan re re mal, y pobres, andan caminando a la intemperie. Un peligro, sobre todo por los astutos imbéciles que no ponen el giro cuando doblan. Estamos todos pensando en que esos pobres peatones, que pobres no se les cae ni una pelusa del bolsillo porque no les alcanza ni para ensuciarse, a estos pobres sí les alcanzó para comprarse tremendo celular, o tremendos casco-auriculares, y pobres, van a quedar re sordos, pero en el interín no escuchan venir a los autos, ni se ponen en el cansancio y el tedio que implica mirar para los dos costados. Se imaginan lo que puede pasar en una serie de onomatopeyas e ilustraciones de historieta. Si usáramos el giro como dios y Gran Hermano mandan, podríamos evitar las crónicas y películas taquilleras sobre el pobre pibe que cruzaba la calle y lo atropelló una mina para nada fea y con una cinturita de digna de una víctima de la desnutrición en Chaco, y de las que todos conocemos el final (la chica para nada fea se enamora del hermano del muerto). No es excusa que el pobre peatón, que ya era pobre antes de que lo atropellemos, esté haciendo cualquier otra nimiedad al momento de cruzar la calle, esa es otra guerra.
                Por último, el giro no es nocivo para el medio ambiente, ni consume tanta batería como para que no enviemos el impulso nervioso a los deditos de la mano y subamos o bajemos la palanquita que acciona la lucecita. Piensen en los niños pequeños que pueden estar viajando en otro vehículo detrás nuestro, cómo les divertirá el giro. Escuchen la risita del nene o nena. ¿Ven que bueno es el giro? De sólo imaginarnos nos viene la paz de la risita del bebé. O piensen en el desgraciado peatón, al menos les pueden ahorrar el desahucie de tener que hacer tarot sobre a dónde irá el maldito burgués con auto, el diálogo mental de si hubiera puesto el giro sabría para dónde dobla, qué pobre soy.
                Si no accionan el giro, mis amables y tontos Barbies y Kens, vamos a tener, como le dijeron a Houston, un problema. Un problema pesado como las tías abuelas, o como una buena milhojas. Pesado como el heavy metal. Generalmente, soy amorosa, pero cuando no ponen el giro sacan al Hitler que hay en mí, y les advierto es especialmente nazi. Voy a por todos los que no ponen el giro. A los que están saliendo de estacionar y se quieren meter y tocan bocina cuando no los dejo pasar, es la quinta sinfonía de Beethoven para mí. Si estoy por cruzar la calle, y el auto que dobla fue para el otro lado, y no crucé por esperar lo peor, pobre conductor, mejor que llame una bruja porque se va a comer un ojeo del tamaño de la Gran Muralla China.
                Convoco al pueblo indignado, no por el Gobierno, sino por los idiotas que no saben cómo poner un simple giro, a que marchemos con luces naranjas bien estridentes por las calles, a que alertemos del certero porvenir. No habrá Santa Rosa, Pampero o Copahue que interrumpa la labor. Al no poner el giro, no hemos sido nosotros los que declaramos la guerra, señores, se la han auto-declarado hacia sí mismos. Pobres.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Mi epitafio (según mi otro yo).

Aquí yace… Bah, ¡“aquí yace” las pelotas! Acá tiré a este río que tenemos, turbio como chino en una playa, a una persona (bueno, a la intención de una), que ni siquiera merecía el aventón. ¿Qué decir de la mina que está hecha de competitividad, egocentrismo y estrellato? Soberbia pero inteligente, la muy bicha se creía mejor por su promedio “académico”, sin preocuparse por otras cosas más importantes. Sus problemas eran el mundo, ¿qué importa si se murió el presidente, o su madre, o un Natalia Natalia? Da igual para ella. Bah, “daba” igual.
Acabo de hacerle la ruta más corta a esta pedante, vasca testaruda, ¡qué mal llevada! Nada le venía bien, y si no era a su modo, entonces no era. Igual, ahora que lo pienso es una forma astuta para conseguir las cosas.
Más rebuscada que un sudoku. Todo con un sentido especial o doble o triple, si decía “adiós”, “chau”, “chaucito”, “nos vemos”; todo tenía un significado diferente. Usaba palabras que creo que ni ella entendía para hacerse la misteriosa (debo admitir que por lo general lo lograba). Por ahí sabía algo de todo lo que decía saber... Digo, no me caía como para invitarla a tomar unos mates, pero siempre era ocurrente y ayudaba a quien se lo pedía. De todas formas calculo que era para hacerse la sabionda.
Uf, ¡la madre cuando se entere…! Eran tan pegadas que parecían papel, voligoma, papel. Se ayudaban mucho entre ellas. Bue, a alguien tenía que salir así de fallada (o falluta). Siempre requiriendo atención, para hacerse la necesitada… ¡Como si le hubiera faltado algo! No hay cosa que no haya tenido, o podido tener si no fuera por ese carácter de mal parida, frívola e impaciente. Ese fue el móvil, uno de los tantos, de mi envidia asesina. Tanto hablaba de “ser efímero” y toda esa cháchara… Ahí tenes, tan efímera que te creías, y ahora ya no estás. Hasta eso que tanto querías lo tuviste.
Querrán saber qué me hizo para que quiera matarla, ¿no? Me hizo sentir que era otra persona, me hizo cambiar hasta límites que no conocía ni Petete, me hizo actuar cada novela de Miller o de Suar. Y es muy feo que te condicionen, que te hagan sentir que lo que haces está mal, mal mal mal mal mal, y que tu vida puede ser mejor si ella está presente. Ni que fuera algún tipo de Dios, o Néstor en el mejor de los casos.
Pero, ahora que lo pienso, soy igual a ella. Por ver los defectos, dejándome llevar por fragmentos, vi nada más que la cana, el grano, la telaraña en el rincón. Tal vez era crítica para que el mundo sea más vivible, quizá se hacía la nerd para acercarse a lo que más quería en el mundo. Por ahí no se hacía la necesitada, por ahí era necesitada.
No di lugar a chances o perdones, igual que ella. La critiqué, la enjuicié, y ahora me hago el justiciero por haber matado a esa intolerante, y en ese hecho me he vuelto intolerante yo mismo. Soy igual a ella, ahora ella vive en mí, y el cadáver que veo flotando en el río es el mío.