martes, 23 de junio de 2015

Lentes


A Déborah



Estás lejos. 



El sol de invierno no calienta. Obnubila, no veo nada.



Sonrío, los ojos chinitos, y el humo que me quemaba por el frío sale y hace formitas, se recorta en el celeste de tu cama y el verde de tu cielo.



Te vas más lejos. Te sigo. Y si no te sigo, aparecés igual.

Te quiero ver, pero no puedo. No podría ya, porque no tengo filtros.


No hay colectivo, no hay tren, no hay helicóptero. Ni siquiera nave espacial de un cuento de Ray Bradbury, o algún descubrimiento a patentar por Julio Verne.






Te fuiste lejos. Estás tan solo. Y te estas quemando. 


Y yo me quemo si me acerco, 
y ya estoy morena de errores.



Iluminas tanto que no puedo ver nada. 


Es imposible no enamorarse del sol de invierno, aunque lo único que haga es engañarme. Pienso que me abraza. Pero sólo da luz. 

De mentira. 

Podría ser un cartón con una lámpara de bajo consumo. Pienso que es el sol. Da luz. No puede pasar nada en la claridad. Pero no lo es. Si no lo puedo tocar, ¿cómo creo en su certeza?




A veces es mejor estar a oscuras, pero bajo los brazos de alguien. Dentro del fuego, por más que sea artificial. ¿Qué importa?




Explotá y dejame explorar la noche, que es mi derecho; 
deja que me contenga la negrura y que me pinchen las estrellas.





Caete, llové, prendete fuego, desaparecé. Sos una estrella más.
Ya no hay nada girando alrededor tuyo. 




Ya voy a encontrar la forma de ver en la oscuridad.

jueves, 11 de junio de 2015

La caída

Hace un rato que estoy cayendo. 

Cuando uno cae empieza desde acá:                           





Y después, va cayendo. 




El aire es liviano, liberador. Nos saca las basuritas de los ojos. 
Nos deslumbra.

Todo brilla tanto que no podemos ver. 



Es todo gigante. Miramos alrededor. No somos concientes de lo que hace nuestro cuerpo, lo que corre por abajo de la piel, no nos preocupa. No extrañamos la seguridad de la firmeza. Podríamos estar vestidos o desnudos, no nos importa. 



Solo estamos nosotros y el aire. 








En el medio nos aburre esa sensación. Se nos oprimen los oídos, nos cuesta entender lo que está pasando, algo nos ata - o no - y no sabemos bien cómo nos sentimos. 
Pero estamos bailando con el aire, con la caida. 



Existimos. 
Nos damos cuenta que estamos cayendo, que la gravedad existe. Nos pesa caer. 
Sí, teníamos peso. 



No somos tan libres. 



Luchamos contra el aire. 



No vemos dónde vamos a parar. 


No sabemos si vamos a parar alguna vez. Nos parece eterno. Todo sigue siendo gigante, pero ahora también es inabarcable. 
Inentendible. 




Ahora el aire nos ahoga. 





Pero seguimos cayendo. 
No podemos hacer nada para evitarlo. 
Ni para dejar de pensar en dónde vamos a caer. 


¿Importa?












Hasta que toquemos tierra. Y es dura. Aunque sea firme.

miércoles, 3 de junio de 2015

#NiUnaMenos

Hoy, 3 de junio de 2015, a las cinco de la tarde, un montón de gente se va a congregar en la puerta del Congreso, en la calle del Congreso, en los laterales del Congreso, y en toda la plaza que el Congreso tiene enfrente, para reclamar por un montón de cosas, nucleadas en tres palabras:Ni Una Menos. 

Ni Una Menos es una consigna que surge para revalorizar el lugar de la mujer y desmitificar el del hombre, y, ​fundamentalmente, para evitar muertes y suplicios innecesarios y crueles en una época de la posmodernidad que grita que la violencia es amor. 


Pero es una consigna que tiene tetas, de las que se cuelga toda la mediocridad de la sociedad. 

Para mí, Ni Una Menos es más que un pedido para que prendan fuego a menos mujeres, para que haya menos violaciones, para que los hombres no caguen a cachetazos a sus mujeres. Es también un alarido por la liberación de la mujer, pero no en el sentido izquierdista choto de que somos iguales a los hombres - me parece evidente que no lo somos en muchas formas, ni ellos van a ser iguales a nosotras - sino en el sentido de que el género merece elegir lo que quiere hacer de su carrera, de su vida amorosa, de su tiempo libre; si escuchar o no música un sábado a la mañana, si viajar o no sin sentirse amenazada, si ir a comprar una marca de arroz u otra sin sentir que lo que sea va a merecer una mirada de reprobación por un accionar cualquiera. Porque eso también es femicidio, pero a fuego lento.

Deberíamos poder ponernos escotes o poleras, y no ser más o menos (puta/mojigata) por eso. Deberíamos poder elegir ser abogadas o cocineras, y no ser más o menos (ambiciosas/quedadas) por eso. Deberíamos poder expresar si lo que hace nuestra pareja nos gusta o no sin ser más o menos (quejosas/sumisas) por eso. Y, claro, deberíamos poder hacer todo esto - y tanto más - sin ligarnos un bife, un insulto o una patada en el orto de la relación en la que estemos. 

Así que todos los hombres que hayan alguna vez limitado a una mujer a hacer CUALQUIER COSA que ella haya querido hacer, que la hayan hecho sentir MENOS simplemente porque no les copaba el plan; a todos esos que hoy están compartiendo, comentando, y todo lo demás que se hace en redes sociales, y alguna vez le dieron una salida fácil (cachetada, insulto, patada en el culo) a una mujer porque ya no les fue cómodo, a todos esos, les digo:

MEDIOCRES, NI UNA MENOS.

Porque sentirse menos ante una mujer que puede más no es otra cosa que mediocridad, gris, sucia y envidiosa. Y ser (o hacerse los) "malos" por la incomodidad de esa mediocridad, los hace crueles. 

Perdón, me puse solemne. Pero si no nos defendemos a nosotras mismas, evidentemente, no defiende nadie. 


​3 de Junio 2015. #NiUnaMenos​