Cuando esperas que el colectivo doble por la esquina en donde tenés apuntado el target, por un mínimo momento crees que esa luz, esa forma que no enfocó, es ese número de la suerte o de la muerte, y en seguida, todo pasa en menos de un segundo, te viste llegando temprano, te viste abrazando a tu perro y paseándolo, te viste tomando un té con tu abuela, que hace mucho que no ves, te viste tomando esa cerveza debida con esa amiga de hace mucho, te viste con tiempo, te viste fresca y rozagante (¡qué palabra horrible!), te viste haciéndote las uñas, o yendo a la peluquería, todo eso porque el cubo de plástico y metal andante que estaba doblando por la esquina de la que pareces enamorada tenía encima pintado, impreso, como si fuese un cuadro de Dalí, ése número.
Y no era.
Pero ¿y todo lo que viste? ¿Donde queda?
No es que te pones a llorar marcando rápido el celular de tu psicóloga, ni que te querés colgar de la parada de colectivo, ni que querés prender fuego a ese bondi que te rompió el corazón.
Ni te diste cuenta y acumulaste otra frustración. Bueno, microfrustración simplemente para apropiarnos bien del tiempo. Porque no vamos a ser tan exagerados de decir que haber pensado que el colectivo que venía era el tuyo pero al final no es una frustración, ¿no?
No hay comentarios:
Publicar un comentario