Estoy leyendo un libro que en uno de sus capítulos decía que unos loros repetían algo así como “creemos que lo desconocido es parecido a lo que conocemos”. Nada más acertado, “creemos” pero no es parecido. Obvio, solamente lo percibimos cuando lo desconocido se nos aparece de alguna forma y zaz, chau luz, hola oscuridad, tanto tiempo que no te veía.
Nada más lindo que el conocer lo desconocido. Bueno, sí. Conocerlo con libertad.
La libertad. Muchos hablamos de ella y caemos en el clásico de la democracia, del sufragio, de tener medios materiales para hacer tal o cual cosa, y eso nos da la libertad de. Caí en eso tanto tiempo que tal vez dejé, por la misma sociedad que te exige que seas libre, de ser libre.
Hablamos, hablamos, hablamos. Creo que hablamos tanto, sin pensar qué estamos diciendo, que ya hablar es un producto del mundo en el que vivimos más que de nuestra condición de humanos. Tantas cosas, tanto progreso, tanta pobreza y sus consecuentes ONGs, santas ONGs que donan para que los chiquitos no estén tan flacos y que van a Santiago o a Formosa para después subir las fotos al Facebook o al Twitter o a donde sea que las suben para mostrar al mundo lo buenos y santos que son y todo el bla bla que estamos acostumbrados a decir y escuchar y que tanto conocemos; tanto todo, que al final, tanto nada. Bueno, está bien que ayudemos todos porque este es un mundo cruel y toda la bola, pero me parece que los compromisos deberían empezar por casa. Es como decidir (decidir, no accidentalmente) tener un hijo a los 14, cuando ni siquiera nos conocemos a nosotros mismos. Y tal vez estoy siendo soberbia, pero al menos no voy por ahí predicando mis tantísimas virtudes, demostrando mis atroces defectos. Soy humana, soy más error que acierto, y el que sea perfecto que tire la primer piedra (uno de los pocos pasajes de la Biblia que respeto).
Entonces, pensar, hablar, hacer, libertad. Es mi fuerte creencia que estas cuatro palabras están cada día más inconexas, porque pensamos como “nos dicen” que pensemos, hablamos porque es lo único que nos queda por hacer, hacemos para que el resto lo vea y compre, y la peor cagada de todas es que creemos que esto se llama “libertad”.
Conocer lo desconocido, sabiendo que no es nada parecido a lo que conocemos, es, creo, revitalizante y dolorosísimo. Es raro porque tenemos esta cosa masoquista de para crecer hay que sufrir y todo eso, y eso es porque, me parece, carecemos absolutamente de libertad. Estamos llenos de, somos me atrevería, un manojo de mandatos, ordenes, cánones, números, cosas, que necesitamos, nos debemos, y demás cosas que nos atan, nos hacen no ser libres del todo. Bueno, hay que tener un cable a tierra, pero tampoco hay que vivir como nos dicen que tenemos que vivir, siendo buenos, estudiosos, recibidos, académicos, con hijitos perfectos, con casas con pileta, veraneando en Mar del Plata o Brasil (cada cultura tendrá su cánon), conservando las amistades oxidadas y forzadas de toda la vida, haciendo lo que nuestros padres hicieron o ser exactamente lo contrario por deber ser rebeldes… Todo rótulo, todo publicidad, todos valores que seguimos comprando con pedacitos de nuestra persona para seguir siendo parte. ¿De qué? A mí no me lo pregunten, porque yo me estoy intentando salir.
Y si caigo en el cliché de hacer un balance un 30 de diciembre, pido disculpas. Al menos no caigo en el cliché de pensar que solo los 31 de diciembre son fin de año, o los primeros de enero el año nuevo. Todos sabemos bien que los fines y los comienzos son todos los días.