Eso que nunca tuve (¿que siempre envidié?), que abunda y escasea, que es como la soja, sube y baja.
Sencillez es blanco, claridad, es ver el polvito del aire en primavera. Sentir que el aire que entra está limpio, sonreír por eso. No querer prender la luz y querer abrir la ventana. El mate es sencillo, ¿ves? Es fácil tomarlo, no se termina rápido pero no es eterno, no te deja pipón y te permite acompañarlo con algo.
Yo quiero ser sencilla, y siempre me vendieron que lo sencillo daba pobre. Que un regalo es mejor envuelto con papeles de colores que con uno liso. Que la ropa con etiqueta habla mejor de vos. Que los autos con brillo esconden mejores historias que los que se quedan en la ruta.
Me lo vendieron, ojo, y yo compré. Compré, me quedé chocha y volví al local, y las chicas que lo atienden me conocen y hasta tengo libretita para llevar en cuotas fijas sin intereses. Me avisan cuando hay descuento con los bancos, y saqué cuentas en todos ellos.
Me vendieron que lo sencillo daba pobre, y de regalo con mi compra, me dieron la complejidad que "vas a ver te queda perfecta, ¡ni que la hubieran hecho para vos!". ¿Saben? Por algo son vendedores y no jueves, porque encajarle cosas inservibles a la gente les sale re bien pero para leer la letra chica tendrían que volver a primer grado.
Igual, me estoy yendo. No soy una denunciante a defensa al consumidor. Ellos me lo vendieron y yo dije, extasiada, "¡Sí, lo llevo! No, no es para regalo, es para mí", abrí la cartera, revolví entre las tres millones de cosas que tengo ahí - obvio, porque nunca sólo lo que necesito, eso sería de pobre (¿de sencilla?) - saqué la billetera, la abrí, revisé todos los tickets del super, de librerías, de la SUBE, de ropa, y llegué a las tarjetas, y pregunté cuál tenía descuento, y si además aplicaba alguna de las tarjetas de descuento de los bancos, y me informaron, la busqué, busqué mi documento y me dijeron "Guarda eso, ni que nos fueras a estafar" (risas, macabras (¿ellas o las risas?)), y
pasé la tarjeta
puse el pin
me dieron el ticket
y agarré la birome del escritorio, no hizo falta que me la dieran
y firmé,
con nombre y apellido, DNI y teléfono (a pesar de los pedidos de "dejá, nosotras lo completamos")
y le devolví el ticket firmado, la birome.
Y me dieron a cambio una bolsa grande, estridente, incómoda de llevar, que pincha, que hace picar que es demasiado grande para llevarla sola, sin auto o lo que sea, que no entra en ningún lado, y que lo que contiene es un nido de alambre, que lastima, que lacera, que no se lo puede poner nadie sin ahogarse, sin tener algo de masoquista o suicida...
En la bolsa venía la complejidad. Que me puse orgullosa, claro. Y, por rebuscada, gigante e incómoda, en la primera de cambio que salí a la calle me llevé puestas muchas personas, que se cayeron lastimadas, y yo seguí, porque el alambre me hacía ver partes nada más: personas torpes que se tropiezan o que se caen al ver que ahí viene alguien majestuoso lleno de alambres. Desubicados, ¿no?
Y después me llevé puesta a gente que quiero. ¿Que me quiso?
Y de repente, por la fuerza, vi los alambres, y me los saqué. Y vi todo blanco. Y yo, sola.