Una alarma, tal vez con una canción pum para arriba, tal vez la prefijada por el teléfono móvil que tengas, o tal vez, si sos chapado a la antigüa, una de algún reloj del todo por dos pesos - ya hay tan poco por esa plata - de tu barrio, estimula ese alarido silencioso que damos al bostezar, abriendo los labios formando una perfecta vuelta al mundo sin cabinas y sin emociones. Tal vez en seguida la inercia nos mueve, la almohada nos empuja con fuerza, también puede pasar que las sábanas y ése acolchado que te compró mamá por navidad, te amen tanto que te abracen, sujetándote como nunca entre sus brazos de colores e hilos.
Puede variar, pero no hace falta que esté probado científicamente para que más o menos hagamos todos lo mismo: caminamos, zombies vivos, sin sentir absolutamente nada más que el aumento de la gravedad, y nuestros brazos se alargan hacia el suelo, haciéndonos caminar como los últimos monos antes del humano. El invierno es el rey del baño, hasta el agua caliente de la ducha sale helada, helada, helada, y de repente nos quemamos, nos pasamos de rosca, tenemos abstinencia del acolchado, nos rascamos la cara, nos frotamos los brazos y los ojos, en una especie de toc de cocainómano. Nos metemos shampoo y jabón en los ojos, como un fallido de lo mal que vemos.
El espejo nos devuelve el mal aliento de nuestra boca, para asustarlo le mostramos los dientes, amarillos, pastosos, y nos damos cuenta de que no asustamos a nadie. Resignadísimos y al tun tun, ahorcamos la pasta blanca que nos saca sarro, caries y plata del bolsillo para hacer de aguantadero para el mal aliento, que como la yerba mala, nunca muere. El cepillo, que pobre, nada tiene que ver, también la liga.
Y sin saberlo la ligamos también nosotros.