martes, 7 de enero de 2014

Queso.

Qué es eso.
No es queso.
Pero tiene un gusto raro que en cierto punto se le asemeja, o se le asemeja más cuando el queso no estuvo en la heladera en un dá caluroso pero no está tampoco podrido, está como ahí en stand by esperando alguien que se lo coma, alguien que lo guarde en la heladera, o alguien que lo deje pudrir.
No sé. Se me dibuja un arco en la pera con los labios, y es como si mis palabras quisieran encontrar el famoso cacharro lleno de oro al final de ese algo que no es un arcoiris. ¿De qué estará lleno ese cacharro?
Me quiero ir. Es como si yo estuviera encerrada en la piel que me viste y como si me quedara ajustada, un talle menos, me ahoga, no puedo sacar los pies, me aprieta en la cintura, me corta la circulación en las piernas.
Es un combo.
Es algo que viene todo junto, y cae pesado al digerir.



Me rasco. Me sueno el cuello. Me enderezo en la silla, las vértebras que se quejan. Tamborileo los dedos en algún lado. Miro el inicio de Facebook, actualizo la bandeja de entrada, entro a Mercado Libre o a Google Earth, a ver las cosas que no puedo comprar, que no me da el tiempo, que no me da el sueño que me tiene de rehén en alguna cueva tolkiense, en algún sótano estadounidense digno de una serie masiva y morbosa. Muevo el pie, de eso me quedan ganas. Antes lo hacía por nervios, hoy lo hago para hacer algo. Para hacer de cuenta que hago algo más que simplemente mover el pie, para fingir que algo incita mi ansiedad erizándole los pelos como en una ovasión.




¿Qué es eso?


El vacío, la adicción a la nada y a quererlo todo pero no mover ni un átomo nada de mi para conseguirlo. Quiero la bandeja con el combo y deglutir el éxito (¿el éxito? Jaja) que mi estómago no puede tolerar.