viernes, 13 de septiembre de 2013

La batalla con el blanco

La luz de la hoja virtual en blanco me pone neviosa, me incomoda, me hace remolonear en la silla, porque siento que me está diciendo algo así como "ah, hoy no tenés nada bueno para decirme, ¿no?". Como si la hoja me hablara y yo le hablara a la hoja, como si fuera un yo desdoblado, vacío, que puedo crear, inventar, borrar.

¿Puedo hacer eso conmigo? ¿Me puedo editar?

Si soy la hoja, obvio. En la hoja me disuelvo y me modelo como plastilina, me hago alta, me hago intelectual, me hago soberbia, me hago víctima. Me hago dicotómica. Me hago perfecta. Me hago la que superé las cosas de las que tengo que hablar, y las digo así, vomitadas.

¿Qué hago cuando escribo lo que escribo? Me hago que soy lo que no soy.

¿Y quién soy?

Siento que la espalda me patea, porque me encorvo cuando escribo, como si quisiera comerme el escritorio. La hoja se me va haciendo amiga, pero sé que después me va a engañar, no me va a dejar leer lo que tendría que borrar, lo va a esconder, me boicotea. Pero, si yo soy la hoja... ¿Me boicoteo yo misma?

La hoja en blanco me incomoda porque siento que me amenaza, que descree de mi, que me humilla, me quema con la punta del pucho, se ríe porque me hace tropezar, porque me ve tartamudear. Me paro, me reviso, estoy bien, un moretón, un dedo mocho, y sigo. Corro. Me escapo porque sé que la hoja en blanco y esa cosa de no sé qué decirte me quieren manotear de los pelos. Pero no. Escribo rápido.

Sigo corriendo porque el alud de letras sueltas queriendo reproducirse adolescentemente con otras no me deja parar, me quita el aire del pecho, me saca todo, me deja sólo con las ganas de que mis uñas sigan rasguñando los cuadraditos del teclado, ya sin acariciarlos, ya sin ternura, ya con forma de verborragia materializada.

Tomá, hoja en blanco, ¿qué tenés para decirme ahora? Te gané, llegué antes, terminé. Me leo, me conozco en el yo desdoblado, y me desconozco. ¿Qué pasó? ¿Por qué la gestación de mi texto en mis síntesis neuronales, es mejor del que nació de mis impulsos nerviosos?

¿Seré distinta cuando escribo y cuando leo? ¿O ahora soy mi yo desdoblado?

Se pudre todo, y me enojo porque la hoja me robó las ideas. Las hace propias de mi yo desdoblado, no son creaciones mías, sino de ella, como si el teclado de la computadora me poseyera a mí y no yo a ellos. Me enojo porque descubro en mi desdoblamiento la incapacidad de materializar mis ideas, mis anhelos. ¿Por qué en la imaginación es todo tan bello?

¿Quién soy cuando escribo que no me gusto? La hoja en blanco se desarma en risas, se troza, se quema, caen sus pedazos porque no existe más. En la humillación de la hoja en blanco aparece mi prosa, la que nunca es suficientemente exacta, perfecta. Es mi yo desdoblado, tan incompleto y tan permeable como mi yo real.

¿Por qué no existen más palabras?

Porque hay cosas que matamos cuando las decimos con letras.

martes, 10 de septiembre de 2013

Ola de Calor

Cuando mi cuñada y yo nos enteramos que iba a haber una ola de calor para hoy y mañana, las dos pensamos lo mismo.



Ella vive en San Fernando, con su marido casi nuevito; y yo en el far West, por donde pasan trenes viejísimos como el Sarmiento. Ella tiene rozagantes 30, yo 23 y ojeras. Ella estudia y labura de contadora; yo intento no ahogarme en los libros sabiendo que es al pedo, porque en una entrevista de trabajo jamás me preguntaron si conocía las ideas de Adorno y Horkheimer, o si estaba de acuerdo con la tríada de Peirce, o qué opinaba de las ideas funcionalistas de la primer mitad de siglo XX.




Ella tiene tres hermanas y media y un hermano, que si linkeamos es mi novio. Su adolescencia la vivió conmocionada por separaciones de padres, éxodos de hermanas, nacimientos de sobrinos, trabajos para ayudar, y un noviazgo que se consumió lento, pero se apagó al fin, y por suerte. Recién para pasados los 25 buscó su pasión, el escenario, las bambalinas, buscando algún pánico escénico. Estudió, estudió, viajó, soportó (su marido también); y entendió que no siempre seguir la vocación es seguir la felicidad. Compra unos sillones hermosos, tiene buen gusto, y siempre se acuerda de vos cuando se va de viaje. Y cuando a alguien le falta algo, para todo lo demás existe la tarjeta de Flor. Mi cuñada es una GRAN cuñada. 




Yo crecí en una familia tipo, en un barrio tipo, yendo a la misma escuela católica hasta que tuve 18, siempre tuve las mismas amigas. Me prometí a alguien desde joven, y lo más revolucionario que hice fue cambiarme de carrera dos veces. La cara de mi viejo. Trabajé con mi mamá hasta que conseguí otra cosa. Siempre esperé mucho de la vida. 




Y conocer a esta familia, la de mi novio y mi cuñada, me hizo pensar que haber esperado cosas, rezongando, no es lo que me gustaría recordar cuando esté sentada en una mecedora viendo al Tinelli que aparezca en la tevé del futuro. Me gustaría recordar lo que disfruté las pastas de los domingos, las películas en el cine, los viajes, los chistes de mi abuelo, los enojos de mi viejo y mi hermano cuando pierde Racing... 




Y las risas con mi cuñada cuando cruzamos unas brevísimas palabras sobre la ola de calor de hoy y mañana, y al unísono dijimos:




"¡Me tengo que depilar!" 




Y risas.




Mi cuñada es una GRAN cuñada.