La luz de la hoja virtual en blanco me pone neviosa, me incomoda, me hace remolonear en la silla, porque siento que me está diciendo algo así como "ah, hoy no tenés nada bueno para decirme, ¿no?". Como si la hoja me hablara y yo le hablara a la hoja, como si fuera un yo desdoblado, vacío, que puedo crear, inventar, borrar.
¿Puedo hacer eso conmigo? ¿Me puedo editar?
Si soy la hoja, obvio. En la hoja me disuelvo y me modelo como plastilina, me hago alta, me hago intelectual, me hago soberbia, me hago víctima. Me hago dicotómica. Me hago perfecta. Me hago la que superé las cosas de las que tengo que hablar, y las digo así, vomitadas.
¿Qué hago cuando escribo lo que escribo? Me hago que soy lo que no soy.
¿Y quién soy?
Siento que la espalda me patea, porque me encorvo cuando escribo, como si quisiera comerme el escritorio. La hoja se me va haciendo amiga, pero sé que después me va a engañar, no me va a dejar leer lo que tendría que borrar, lo va a esconder, me boicotea. Pero, si yo soy la hoja... ¿Me boicoteo yo misma?
La hoja en blanco me incomoda porque siento que me amenaza, que descree de mi, que me humilla, me quema con la punta del pucho, se ríe porque me hace tropezar, porque me ve tartamudear. Me paro, me reviso, estoy bien, un moretón, un dedo mocho, y sigo. Corro. Me escapo porque sé que la hoja en blanco y esa cosa de no sé qué decirte me quieren manotear de los pelos. Pero no. Escribo rápido.
Sigo corriendo porque el alud de letras sueltas queriendo reproducirse adolescentemente con otras no me deja parar, me quita el aire del pecho, me saca todo, me deja sólo con las ganas de que mis uñas sigan rasguñando los cuadraditos del teclado, ya sin acariciarlos, ya sin ternura, ya con forma de verborragia materializada.
Tomá, hoja en blanco, ¿qué tenés para decirme ahora? Te gané, llegué antes, terminé. Me leo, me conozco en el yo desdoblado, y me desconozco. ¿Qué pasó? ¿Por qué la gestación de mi texto en mis síntesis neuronales, es mejor del que nació de mis impulsos nerviosos?
¿Seré distinta cuando escribo y cuando leo? ¿O ahora soy mi yo desdoblado?
Se pudre todo, y me enojo porque la hoja me robó las ideas. Las hace propias de mi yo desdoblado, no son creaciones mías, sino de ella, como si el teclado de la computadora me poseyera a mí y no yo a ellos. Me enojo porque descubro en mi desdoblamiento la incapacidad de materializar mis ideas, mis anhelos. ¿Por qué en la imaginación es todo tan bello?
¿Quién soy cuando escribo que no me gusto? La hoja en blanco se desarma en risas, se troza, se quema, caen sus pedazos porque no existe más. En la humillación de la hoja en blanco aparece mi prosa, la que nunca es suficientemente exacta, perfecta. Es mi yo desdoblado, tan incompleto y tan permeable como mi yo real.
¿Por qué no existen más palabras?
Porque hay cosas que matamos cuando las decimos con letras.